Nací a la luz en
marzo
estrenada la
primavera,
bendita luz venidera
que me llena de
alborozo.
Mi madre en parto
primero
con su vientre dolorido,
me abraza una vez
nacido
y dice: ¡cuánto te
quiero!.
Bendita luz que ahora
veo,
aquella que me
ilumina,
la que me permite ver,
explorar y conocer
y sentir lo que ahora
siento.
Conozco el mundo por
ella,
lo veo porque me
alumbra
y cuando desaparece
vuelvo a la triste
penumbra.
Pasa el tiempo y voy
creciendo,
recorro el mundo
observando,
explorando y admirando,
todo lo que en el voy
viendo.
De aquello visto y guardado
en el desván de mi
memoria,
me voy colmando de
gloria,
me siento un ser
coronado.
La luz y la edad
Recuerdo la luz
primera
tan clara y
resplandeciente,
joven, nueva, reluciente,
parece que fue
quimera.
Llegó a mi la luz
segunda,
colorista y
fantasiosa,
inestable y amorosa
joven, alegre y
profunda.
Pasó ya la luz
tercera,
la del adulto sereno,
la del trabajo
mundano,
la compartida a tu
vera.
Veo ahora la luz
cuarta
entrada ya la
cincuentena,
llevo canas con desgana
la vida se me hace
acelera.
Vendrá pronto la luz
quinta,
algo en mí está
cambiando
cuando te observo
mirando
y te reconozco
distinta.
El Dios que me
ilumina
Menos brillo y
nitidez
entra en mis ojos
callando,
la luz se me va
apagando
se aproxima la vejez.
Dime Dios que ahora te
siento
quién ilumina mi vida,
la luz del sol
recibida,
o tu palabra y tu
aliento.
En la inmensidad
celeste
con luz de sol infinita
veo su mirada bendita
espero que me
conteste.
Si no llega la
respuesta
iré a la tumba sereno
pensando que no
merezco
tan atrevida apuesta.
Ismael Martínez
García (febrero de 2014)

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