462. EPÍLOGO
Prendida de la espinera
soñaba la humilde rosa
que se vestía de seda:
blanca y roja carmesí.
¡Ay, quién pudiera contemplar,
eternamente así,
tan bella estela!
eternamente así,
tan bella estela!
Al pronunciar su nombre
se escuchó una voz quimera,
se abrió en el aire una brecha
y brotó por el agujero
el silencio del mundo entero.
el silencio del mundo entero.
¿Adonde?
Brotó el silencio afuera
veloz como una flecha.
veloz como una flecha.
Se entrecortó el aliento;
la noche cubrió de sombras
su misterio: un epílogo cierto
se apoderó de mí.
se apoderó de mí.
A veces la sombra es la única luz que ven nuestros ojos.

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