Le impusieron la corona de laurel
como a un dios de barro ungido de arena y sangre.
Los pies perfumados con la flor del sándalo
se elevaron al podium del gozo.
Huele a sudor acre de alcoba amarga,
de hembra ardiente que gime a golpe de bálano.
El excelso porte que le ensalza
yace en una pasión concupiscente.
¿Dónde agonizan los gladiadores tras la contienda?
¿En qué lecho se reencarnan sus efímeros cuerpos?
Si venciste a la muerte en el combate
serás reo de la carne de mujer.
Ismael Martínez. Poeta en El Paraíso a 26 de febrero y Nava a 27 de febrero de 2017
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