La dedalera erguida
sobre una
espiga de cera,
por una
diadema verde
suspira prisionera.
En este
jardín de santos
perfumadas las rojas
flores,
ataviados los verdes
tallos,
de mil
amores y encantos.
.
Embriagado
de luz,
ebrio de
formas y colores,
aturdido de
aromas,
impregnado
de frescos olores,
¡no sé qué
decir!
¡Aburrida
estoy, de este vivir!,
se lamenta
una rosa blanca
de no ser
roja;
posa un
tallo de espinas,
sobre mi
piel desnuda;
abre una
herida, y brota
la sangre desteñida.
¿Dónde la
sangre roja,
mi vida, perdió
su color?
¿Adónde, mi
amor
se fue
engañada la vida,
que no
volvió?
Ismael
Martínez. Poeta en El Paraíso a 12 de junio de 2015
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