A la hora de la siesta,
que el calor abruma las piedras,
sube un caballo la cuesta,
con las alforjas llenas.
La calle inmóvil, dormida,
a la hora de la siesta;
las almas quietas,
la grupa una llaga, herida
por las alforjas viejas.
Vacía, que el calor aprieta,
y las piedras pesan
el abrevadero seco,
nadie su ayuda presta.
Una voz, un gemido
pide clemencia,
y solo a socorrerle llega
la muerte en hora cierta.
Nava, 28 de mayo. El Paraíso, 30 de mayo de 2015
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